Chico rato

Cada mes, el poeta Luis Miguel Aguilar rescata en Nexos pasajes esenciales de la literatura que brindan sentido al presente. En su entrega de junio, recupera el retrato que Artemio de Valle-Arizpe hizo del mayor poeta del siglo XIX mexicano, Manuel José Othón.

Durante años, el escritor potosino mostró fragmentos de su Himno de los bosques. Sus amigos temían que perdiera esos papeles en las cantinas donde trataba de perfeccionar un cóctel cuya fórmula se remontaba a la época de los Borgia; le pedían que suspendiera su afanosa alquimia y concluyera la obra pospuesta. Othón procuraba calmarlos diciendo que escribiría la parte faltante en un “chico rato”.

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La expresión se remonta a los cronistas de Indias, aparece en Tirano Banderas, de Valle-Inclán, y fue muy usada en mi infancia. Su utilidad se debe a su fascinante carácter contradictorio y guarda hermandad con “ahorita”, que nunca vale lo mismo que “ahora”. Un “chico rato” es un momento cualquiera, pero cargado de significación. El reloj no marca todas las horas del mismo modo. De pronto nos concede una especie de sobrante, un tiempo inusual, la pausa breve y certera: un chico rato.

Othón aguardaba ese lapso luminoso. Tal vez buscaba el cóctel imposible para mitigar la angustia de que el destino, tan pródigo en minutos, no le concediera los que le hacían falta.

La vida depende de esos momentos decisivos. También la política aspira a conseguirlos. En las sociedades faltas de transparencia y rendición de cuentas muchas cosas se deciden en lo “oscurito”. En La sombra del caudillo, Martín Luis Guzmán señala que el verbo que conjuga la política mexicana es “madrugar”. La estrategia básica de la intriga consiste en encontrar la ocasión propicia para adelantarse a los propósitos del oponente y así ejercer el “madruguete”, el chico rato de los conspiradores.

Durante décadas, numerosas decisiones cuestionables se han tomado en aras del “interés público”. Esto ha sido posible gracias a un uso ideológico del tiempo, la hora del lobo donde la rapiña tiene su oportunidad.

El PRI perfeccionó el cinismo: “La moral es un árbol que da moras”, dijo Gonzalo N. Santos; José López Portillo describió a su hijo como “El orgullo de mi nepotismo”, y Carlos Hank González se ufanó: “Un político pobre es un pobre político”. En su condición de “Partido Oficial”, el PRI ejerció sin miramientos el abuso. A la distancia, sorprende que a veces quisiera guardar las apariencias; algunos errores fueron descritos como “sacrificios” y otros se ocultaron. Durante décadas, la palabra “tenebra” fue sinónimo de “política”.

Graduado en Yale, el presidente Ernesto Zedillo fue abordado por una indígena que quería venderle una Virgen de Guadalupe de palma. “No traigo cash”, respondió el mandatario, que no compró la artesanía, pero hizo una adquisición simbólica. El 12 de diciembre de 1998, día de la Virgen, el Congreso aprobó que el rescate bancario se convirtiera en deuda pública. Los mexicanos fuimos condenados a pagar 40 mil millones de pesos al año (el 14 por ciento del Producto Interno Bruto). El PAN había asegurado que no apoyaría esa defraudación de la ciudadanía, pero solo 12 diputados de esa bancada mantuvieron su palabra. El líder del PAN era entonces Felipe Calderón. Entrevistado sobre la falta de congruencia de su partido, responsabilizó al Congreso de la decisión: “Es su bronca”.

El escándalo de Fobaproa se dio a conocer cuando millones de peregrinos avanzaban rumbo a la Basílica de Guadalupe. El PRI y el PAN no buscaban el manto protector de la Virgen, sino la ocasión propicia, el chico rato en que la población estuviera distraída.

Con toda razón, López Obrador se opuso a ese ultraje. Por desgracia, también su gobierno actúa en un chico rato. Justo cuando se anuncian más muertes por la pandemia, se inician las obras del Tren Maya, proyecto neoliberal y desarrollista al que se oponen los pueblos originarios de Yucatán, que destruirá la biósfera y zonas arqueológicas aún inexploradas pero localizadas por radar, y que convertirá a los descendientes de los mayas en subordinados de empresas extranjeras. Mientras el gobierno pide quedarse en casa, el Presidente sale a sitios donde el pueblo no puede movilizarse. Amparado en una encuesta demagógica, da la espalda a la opinión de los expertos y a la voluntad popular.

Hay tenebra para chico rato.

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