Calidad de la democracia

Con una confianza inexplicable, a la luz de sus fracasos y ausencia de transparencia en lo que hace al origen de su financiamiento, periodistas y columnistas siguen invocando encuestas como fundamento para pronósticos electorales que dan por casi resuelta una contienda que aún no ha comenzado, no al menos en lo que hace a su etapa final, que son las campañas electorales.

Lo cierto es que la única evidencia que hay para creer que López Obrador encabeza las preferencias de la ciudadanía que irá a votar el domingo 1o. de julio de este año, son las encuestas y una especie de consenso en el círculo rojo de la CDMX; de las primeras hay que tomar distancia, por lo arriba enunciado y además por el cambio que se produjo en la pirámide demográfica y en los comportamientos del electorado. De lo segundo, a nadie debería extrañar que en la capital la mayoría de los ciudadanos crean que el tabasqueño no solo está en primer lugar de preferencia, sino que va a ganar la elección. La Ciudad de México tiene el corazón cargado a la izquierda.

Hay una incógnita que ninguna encuesta ayuda a despejar: ¿cuántos ciudadanos acudirán a las urnas el día de la jornada comicial? La respuesta puede dar un elemento definitorio para el resultado que conoceremos esa noche. Sabemos que el rechazo a responder encuestas alcanza porcentajes inéditos, en algunos casos de más del 50 por ciento; también sabemos que, de los que aceptan hacerlo, en promedio un tercio se niegan a responder a la pregunta sobre por quién votarán. Los porcentajes de preferencia que leemos o escuchamos son producto de la opinión de una minoría del potencial electorado, que además puede haberle tomado el pelo al encuestador. Agrego a lo anterior otra incógnita: de los 3 aspirantes sin partido a candidato presidencial, que ya cumplieron el requisito numérico de apoyo ciudadano, ¿cuáles llegarán a la boleta?

Creo plausible sostener que desconocemos la preferencia electoral de la enorme mayoría del potencial electorado, por lo que las predicciones y seguridades de hoy pueden ser las sorpresas, decepciones y enojos de mañana. Debería ser suficiente con recordar lo que vivimos en 2006 y 2012 para admitir que la historia está por escribirse.
Regreso a mi pregunta sobre la participación/abstención el primer domingo de julio próximo. De 1994 a 2012 la más alta participación ciudadana se registró el primero de esos años (77%) y la más baja en 2003, que fue elección intermedia (41%). Los optimistas esperan que este año se alcance un porcentaje similar al del año en que votamos en peligro, con lo que estaríamos arriba del 65%. Los teóricos del desencanto con la democracia pronostican menos del 50% de participación, es decir, una mayoría abstencionista; en todo caso, el electo lo será por un segmento que, siendo el mayoritario entre los que voten, será la primera minoría.
Una alta participación ciudadana en las urnas supone, por definición, que los que no han revelado, hasta hoy, su preferencia serán los que -probablemente- decidan el ganador. Esa incertidumbre es lo que hace interesante y polémica la elección presidencial de este año.
La mayor o menor participación ciudadana depende de múltiples factores, pero será un indicador de la calidad de nuestra democracia. Resolver los problemas que explican esa calidad -o ausencia de ella- es muy difícil en las semanas que faltan para la jornada electoral, pero algo podría intentarse aprovechando radio, TV y redes sociales.

Por ejemplo, el INE podría empezar por informar -y martillar- la fecha de la jornada electoral, que aún está fuera de la mente de la mayoría del electorado; puede también difundir lo que vamos a elegir y cómo vamos a hacerlo, así como advertir sobre las múltiples combinaciones de alianzas electorales que estarán a la vista en las boletas. Pero sobre todo, el INE debería ser capaz de sembrar confianza en la sociedad sobre su propio desempeño, hoy cuestionado por múltiples motivos, unos justificados y otros como pretexto para llevar agua al molino de ya saben quién.

 

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