Ante violencia feminicida, purificación y culpas

Dos asesinatos de mujeres han conmocionado y sacudido al país en menos de una semana por su crueldad y violencia misógina y machista. Dos feminicidios brutales, el de Ingrid Escamilla, de 25 años, y el de Fátima de apenas 7 años, cuyo nivel de inhumanidad han horrorizado a una sociedad que ya no se escandaliza fácilmente acostumbrada a normalizar la violencia a fuerza de verla repetirse cada día; pero esta vez las reacciones, protestas y manifestaciones en las calles y en las redes sociales son para exigir justicia, no sólo para la joven y la niña masacradas, sino para los miles de mujeres víctimas de un fenómeno de violencia de género que crece al mismo tiempo que el nivel de impunidad de los feminicidas en México.

Y en medio de la ola de indignación que ha llegado incluso a otras partes del mundo, hay dos cosas que aumentan el dolor y el hartazgo por la escalada feminicida: primero, la indolencia y la falta de empatía del gobierno de la 4T y del presidente López Obrador que, lejos de conmoverse y mostrar la enorme sensibilidad social que le caracteriza, se muestra incómodo, molesto por el tema y sólo habla de él ante las preguntas insistentes de los reporteros y lo hace con desgano, con lugares comunes, sin acciones o estrategias concretas y más bien decálogos improvisados y una politización enfermiza del tema que lo mismo ve “grupos de poder” o “medios que no nos quieren”, que culpa al neoliberalismo.

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La segunda cosa que duele e indigna, es que los casos brutales de Ingrid y Fátima no son, tristemente, excepcionales. Por el contrario, hay muchas otras mujeres, al menos 10 diariamente, que son sacrificadas, violentadas y asesinadas con odio y brutalidad en México. Las estadísticas oficiales contradicen el discurso presidencial que asegura que “estamos trabajando contra el feminicidio”.

Las manifestaciones en la calle de grupos feministas han provocado la molestia de los gobiernos de la 4T que, al sentirse injustamente cuestionados por la falta de resultados.

Lo que más exhibe cómo el gobierno de López Obrador se está viendo rebasado ante la ola de reclamos, ira e indignación que exige acciones nuevas y contundentes para frenar la violencia contra mujeres y niñas en el país, fue el mensaje del presidente que vinculó al aumento de los feminicidios con el neoliberalismo y la descomposición social que provocó en la sociedad y que dijo, su gobierno debe seguir moralizando y purificando: “Hay una crisis profunda de pérdida de valores en el país… fue mucha la descomposición que produjo el individualismo, el egoísmo, el predominio de lo material… Tenemos que seguir moralizando, purificando la vida pública”.

¿La moralización y la purificación va a parar la violencia contra las mujeres y contra los mexicanos? ¿O realmente el presidente cree que los feminicidas y asesinos que masacran, desuellan y torturan a mujeres y niñas merecen “respeto” y que esos hombres van a superar el odio de género que los mueve a asesinar mujeres sólo por sus llamados a “ser buenos para ser felices”? Cada vez es más confuso distinguir si el presidente es un gobernante, un jefe de Estado o un pastor que nos quiere redimir, sin poder evitar que maten los cuerpos de mexicanas y mexicanos, pero eso sí, procurándoles el “bienestar de sus almas”.

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