Alternancia democrática

Todas las evidencias muestran que López Obrador no se equivoca cuando dice que ese arroz ya se coció. Las encuestan avalan esa declaración que en otras circunstancias habría parecido jactanciosa. Hay datos que igualmente le dan la razón, como ése de haber salido victorioso en el encuentro que los candidatos tuvieron en el Tecnológico de Monterrey, donde AMLO superó a Anaya ante un público de jóvenes que todo hacía esperar mostrarían predilección por el panista, joven como ellos y perteneciente al mismo estrato social y educativo. Desde luego aún falta un tramo por recorrer antes de la elección, y en ese lapso pueden cambiar las cosas. Un cierto amigo mío, pescador de anzuelo, decía que sólo estaba seguro de haber pescado al pez cuando lo tenía ya frito en la sartén. Sea lo que fuere yo expreso aquí un deseo: que si López Obrador gana sea por un margen muy amplio, y lo mismo si pierde, de modo que no haya lugar a impugnaciones, y menos a revueltas. En un ámbito de verdadera democracia el Gobierno y su partido tendrían que reconocer el triunfo del tabasqueño, tal como hizo Ernesto Zedillo, en un acto de verdadero patriotismo, cuando Vicente Fox triunfó en las urnas. Al hacer eso, y al hacerlo a temprana hora, el entonces Presidente frustró ideas golpistas que surgieron en el PRI, y puso a México en el camino de la alternancia democrática. En el caso -que hoy por hoy se antoja muy poco probable- de que AMLO perdiera, igualmente deberá reconocer honestamente su derrota, aunque eso se antoje también poco probable. Lo que quiero decir es que por encima de la búsqueda de poder, sea quien sea el que pretenda ganarlo o busque retenerlo, está el bien de la Nación. En eso debemos pensar todos, incluso Peña Nieto y López Obrador. El sultán Ahmed-al-Ramán ocupó su sitial de cadí, o sea de juez, y ordenó que fueran traídos a su presencia los acusados a quienes en esa ocasión debía juzgar. El primero que los jenízaros le presentaron fue un sujeto de nombre Salaz ben Pitón. Se le acusaba de haber seducido a una de las odaliscas del harén real, esposa por lo tanto -una de las trescientas- del sultán. “¡Ah! -rugió éste poseído por ignívomo furor-. ¡Que venga el negro Broncodós!”. Al punto acudió el hombre. Era un negrazo que medía más de 2 metros de estatura y pesaba sobre 20 arrobas, cada una equivalente a 11 y medio kilos, sin zapatos. “¡Broncodós! -le ordenó el sultán-. Este hombre poseyó a una de mis odaliscas. Tú le harás a él lo mismo que él le hizo a ella”. El condenado protestó con energía: “¡Ah, no! ¡Antes prefiero la muerte que ver mancillado así mi honor de varón íntegro, honor que he preservado a lo largo de los años a pesar de las muchas tentaciones! ¡Mátenme, pero no me hagan eso!”. “Nada, nada -replicó el sultán-. La sentencia está dictada. Publíquese, cúmplase y archívese”. En seguida le presentaron a Ahmed a un reo acusado de ladrón. “¡Ah! -volvió a rugir el sultán, que era bastante rugidor-. A éste móchale las manos, Broncodós, con todo y dedos; luego córtale los pies y la cabeza -la cabeza al último, ¿eh?- y después arroja su cadáver a los los perros”. Finalmente le llevaron al sultán a un hombre acusado de blasfemo. “¡Ah! -insistió en rugir el sultán-. A éste móchale la lengua; en seguida desuéllalo, ponlo a asar en una parrilla, y cuando esté ya término medio échalo al foso de los chacales y las hienas”. Salió el negrazo Broncodós llevando a los condenados para ejecutar en ellos las sentencias dictadas por el sultán. En la puerta le recordó tímidamente Ben Pitón: “Por favor, señor negro, no se le olvide que a mí nada más me va a follar”. FIN.

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