Al cielo (por rifa)

“Soy de un país vertiginoso donde la lotería es parte principal de la realidad”, escribe Borges. La frase se ajusta al insólito presente mexicano. López Obrador ha propuesto que el avión presidencial sea rifado. En caso de que el sorteo se realice, seis millones de ciudadanos podrán comprar boletos de quinientos pesos, recaudación casi tan cuantiosa como las bromas que despierta la iniciativa.

Durante 27 años, diversos mandatarios usaron el mismo avión presidencial. En 2012, Calderón contrató la compra de un Boeing 787 que fue estrenado por Peña Nieto en 2016. Se trataba de un bien del Estado, adquirido con un criterio transexenal. ¿Valía la pena tenerlo? Responder esa pregunta es tan difícil como deshacerse del avión que se encuentra en el no muy activo mercado de aviones presidenciales de segunda mano. La nave que costó 218 millones de dólares se ofrece en 130 millones. Durante 13 meses se exhibió en un hangar de San Bernardino, California, donde nadie le echó un lazo y donde el hospedaje costó 28 millones de pesos. Ahora regresa a ver si alguien se lo lleva a su cochera.

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La austeridad del gobierno de López Obrador no pasa por la aeronáutica. Interrumpir la construcción del aeropuerto en Texcoco costará 75 mil millones de pesos. El político que con tanta razón se opuso al Fobaproa ha contraído una deuda inmensa con cargo a todos los mexicanos. Seguramente había irregularidades en la contratación de servicios y venta de terrenos aledaños al aeropuerto, pero en vez de resolver esos ilícitos se endeudó a la Federación.

La venta del avión presidencial tampoco parece buen negocio. Estamos ante otra operación simbólica de un Presidente deseoso de desmarcarse de los lujos de jerarcas anteriores, dignos de una “monarquía criolla” (llama la atención que el insulto incluya una categoría racial a la que pertenecen millones de mexicanos). Por otra parte, el mismo mandatario que desprecia a los criollos propone la creación de un tren “maya” cuya única relación con los pueblos originarios de Yucatán será la de subordinarlos a las empresas turísticas.

López Obrador se contradice, descalifica la crítica y falsifica los hechos. Ninguna de esas limitaciones merma su capacidad de sorprender. Ha vuelto a atrapar la atención de los mexicanos con el uso político de la chiripa. La propuesta de rifar el avión se ajusta a nuestra mentalidad por dos razones que en latitudes menos interesantes parecerían opuestas: 1) no estamos seguros de haber hecho lo suficiente para ir al cielo y 2) sospechamos que cumplir propósitos es terrible. En otras palabras: deseamos que el azar nos conceda el paraíso y tememos pagar el costo. El sorteo del avión es una ruleta rusa en la que nadie quiere quedarse con la bala, pero a la que dan muchas ganas de entrarle. Si esto suena paradójico es porque así somos (o semos, para ser exactos).

Llegará el día en que López Obrador sea juzgado por sus hechos. Gracias a las torrenciales mañaneras podemos juzgarlo por sus dichos. Aunque el avión no se rife, ya despegó en la imaginación popular.

Desde el 26 de junio de 1863 México no atestiguaba un prodigio similar. Aquel día, Joaquín de Cantolla y Rico hizo su primer vuelo en globo aerostático. La vida de este pionero del aire fue tan accidentada como los designios de la lotería. Estudió en el Colegio Militar pero un estallido de pólvora lo dejó tuerto; abandonó esa carrera y trabajó como telegrafista hasta que construyó el primero de los globos, que a partir de entonces se llamarían “de Cantolla”. Sus accidentes fueron legión. Una vez cayó en el tragaluz de una casa en Salto del Agua y la familia se repuso del susto propinándole una paliza. Sus días terminaron en 1914 cuando las tropas zapatistas de Genovevo de la O dispararon a su globo y él sufrió un derrame cerebral que lo llevó a la muerte a los pocos días.

El más curioso de sus percances ocurrió el 10 de noviembre de 1863. Un sastre lo ayudó a despegar pero se enredó a una de las amarras y sobrevoló la ciudad atado de un pie hasta que el nudo se zafó. El sastre se desplomó sobre Palacio Nacional. La muerte fue su última puntada.

Nuestro irónico destino ha querido que el azar y la aeronáutica escenifiquen otra puntada en Palacio Nacional.

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