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A criterio deColumnasJuan Villoro

99 años


El 11 de febrero de 2018, Pablo González Casanova cumplió 96 años en un mitin callejero, algo común para quien disfruta la realidad porque desea cambiarla. El motivo del acto era recabar firmas para que María de Jesús Patricio participara en las elecciones como vocera del Concejo Indígena de Gobierno. El plazo para conseguir apoyos se estaba agotando y la congregación resultaba decisiva. González Casanova había sido citado en Bellas Artes. Pensó que hablaría en una sala y preparó una ponencia escrita. Se sorprendió al ser llevado a un templete en la explanada. Yo estaba a su lado y le sugerí que leyera el texto que tenía preparado.

“¡Estamos en la calle!”, dijo y lanzó una carcajada nasal, sello distintivo de su buen carácter. Cuando llegó su turno, se puso de pie, tomó el micrófono e improvisó un discurso donde ejerció con brillantez el pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad recomendados por su maestro Antonio Gramsci. Cumplía años haciendo un regalo a los demás: el ejemplo de su rebeldía.

Dos meses después, el EZLN lo nombró Comandante Pablo Contreras por su vocación de ir contra la corriente y su respaldo a las causas indígenas. El escritor Paul Theroux, que asistía al acto y se acercaba a los ochenta años, me dijo: “Necesitas modelos para seguir adelante; el mío es don Pablo”.

Pionero de los estudios sociológicos en México, González Casanova ha enfrentado las críticas del pensamiento conservador y del dogmatismo de izquierda. El Fondo de Cultura Económica se negó a publicar La democracia en México, libro destinado a convertirse en un clásico, y Sociología de la explotación fue prohibido por la dictadura argentina. Después de doctorarse en la Sorbona con mención honorífica quiso ingresar al Partido Comunista Francés, donde soplaban vientos de renovación, pero recibió el consejo de militar en México. No acató la recomendación y emprendió una intensa actividad para transformar el sistema universitario. En una época de especializaciones fragmentadas fomentó el conocimiento interdisciplinario. Los sectores más duros de la izquierda lo juzgaron reformista, no revolucionario.

Dirigió la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales con temple renovador, y en 1970 se convirtió en el primer rector de izquierda de la UNAM. Creó el sistema CCH como un resumen feliz de su sueño por unir las ciencias y las humanidades. Hostigado por una izquierda intransigente, renunció a la rectoría, que solo ocupó dos años.
El Partido Comunista, con el que había discrepado, le propuso ser candidato a la Presidencia, pero prefirió preservar su condición de intelectual independiente.

En La Habana lo oí hablar del sistema de salud con fervor de realismo mágico. Contó que los ciegos que recuperaban la vista eran llevados a un hermoso paisaje donde les quitaban las vendas para que el mundo regresara a sus ojos con el esplendor de los almendros. Para él, los logros sociales deben compartir la certeza de su amigo Luis Cardoza y Aragón: “La poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre”.

Durante unos años formamos parte del patronato de la Fundación Cardoza y Aragón. En las reuniones, Carlos Payán, Vicente Rojo, Gabriel García Márquez y Pablo González Casanova decían cosas inteligentes y yo tomaba apuntes. Nos reuníamos en la casa del escritor guatemalteco en el barrio del Niño Jesús, “sacralizada por sus recuerdos y embellecida aún más por las obras originales de grandes pintores de su tiempo”, según escribió García Márquez en Vivir para contarla.

Ahí entendí la admiración de mi padre por González Casanova, que lo llevó a un curioso malentendido. En 1982, Víctor Flores Olea fue nombrado subsecretario de Relaciones Exteriores. Conocía la reticencia de mi padre a aceptar cargos públicos. Para convencerlo, acudió a un truco infalible. Le dijo que el embajador en la Unesco debía ser un universitario de primera fila, de ética inquebrantable, capaz de hacer cambios sin estridencias. Mi padre se entusiasmó pensando que Flores Olea se refería a González Casanova. No se sentía digno de esos méritos; sin saberlo, aceptó al creer que el designado sería otro.

Hace unos días el Comandante Contreras cumplió 99 años reflexionando sobre el mundo que desea cambiar.
La convención exige celebrar centenarios. Nada mejor para un rebelde que festejar el insólito número 99. ¡Felicidades, don Pablo!

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