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A 72 años de una tragedia: la inundación en Pachuca

El 24 de junio de 1949, una tromba provocó una de las grandes tragedias de la ciudad


El 24 de junio de 1949 se suscitó una de las catástrofes más lamentables de la historia de Pachuca, donde una inundación dejó varias decenas de muertos y lesionados, además de graves daños.

Nuestro columnista Juan Manuel Menes Llaguno rememora ese día triste para la Bella Airosa y antecedentes que causaron esa tragedia aquella tarde de viernes.

Un documento firmado por Pedro Olmos, dirigente de los locatarios del mercado Benito Juárez —hoy Miguel Hidalgo—, y dirigido el 18 de mayo de 1846 al alcalde de Pachuca, Víctor Aguirre del Castillo, señala entre otras cosas:

“…(SIC)Ace mucho tiempo que no se a echo nada en el cause del rio que pasa por abajo del mercado y emos lla sufrido con barios aguazeros, como el del pasado dia 15 (de mayo), que el agua se desborde por las coladeras que tenemos en el interior y nos inundamos y perdimos lo que bendemos …” (se respeta la ortografía con la que el documento fue suscrito).

Por tal motivo, el alcalde visitó personalmente el mercado días después y se comprometió a buscar la forma de desazolvar el lecho del río antes de la llegada de las lluvias. Días después, una pequeña retroexcavadora y tres camiones de volteo iniciaron el desazolve durante aproximadamente tres semanas, de modo que la llegada de las lluvias en la segunda de junio no representó ningún riesgo; sin embargo, el ingeniero Jesús Galindo, encargado de Obras Públicas municipales, advirtió que esa labor debería repetirse periódicamente, en razón de que los locatarios tiraban la basura y los desechos de sus mercancías al río, a través de las coladeras a las que se refería Olmos en su comunicado.

Meses después, ya en el año de 1948, el coronel Leopoldo Posada Ballesteros recibió el apoyo a su candidatura como alcalde de la ciudad de parte de los comerciantes del mercado, que les dijo en un desayuno, “…como lo han hecho mis antecesores desazolvaremos el lecho del río anualmente, antes de las temporada de lluvías, pero les encarezco no utilizar las coladeras para tirar la basura del mercado”.

Es obvio que ni el uno ni los otros cumplieron con su compromiso, pues como es bien sabido, el 24 de junio de 1949 se suscitó una de las catástrofes más lamentables de la historia de Pachuca.

Es cierto que aquel día una fuerte tromba abatió las últimas estribaciones de la Sierra de Pachuca, al norte de la ciudad, de modo que el caudal del agua fue muy superior al que el cauce del río podía conducir, pero a esa eventualidad, se sumó la desidia de los locatarios que continuaron tirando desechos al río con lo que contribuyeron a reducir el lecho del río.

Hablando de Tragedias%%sep%% Columna de Juan Manuel Menes Llaguno

El doctor Adrián Valdés, médico de la Compañía de Real del Monte y Pachuca, pudo observar desde su casa en la Hacienda de Loreto que ese día las aguas arrastraban toda suerte de objetos, tales como ramas, troncos, piedras de regular tamaño así como cientos de objetos de muy diversa índole, ello, amén de que la mezcla del agua con las tierra suelta conformó un contenido lodoso que encima de todo llevaba también toneladas de hielo, del granizo que había caído detrás de la cañada del Tulipán.

Fue por ello que aquel viernes 24 de junio de 1949 el próximo jueves se cumplirán 72 años, fueron suficientes unos cuantos minutos para que se formara una especie de dique debajo del mercado, entonces Benito Juárez, de manera que el agua buscó la forma de continuar su camino, el que encontró al derrumbar la barda del que fuera el segundo Palacio de Gobierno, entonces comandancia de policía, que se ubicaba en la primera calle de Venustiano Carranza, sitio por el que el torrente continuo su carrera.

En aquel edificio se encontraban las galeras de la policía, donde se recluían tanto a los presos que cumplían faltas administrativas, como a los que esperaban la posible consignación por parte del Ministerio Público ante un Juez y fueron ellos las primeras víctimas de la catástrofe. El agua saltó a la calle Venustiano Carranza, derribando gran parte de la fachada de la Inspección de Policía y el cauce fuera de madre se precipitó fundamentalmente por el jardín de La Constitución, donde arrolló los puestos que existían en el portal y continuó a ritmo vertiginoso por aquella arteria.

Poco más adelante, a la altura de la calle de Mina, donde esta arteria hace un requiebre, el agua se estrelló contra las casas allí ubicadas, en cuya fachada dejó constancia de su paso a poco más de tres metros, marca que quedó señalada en las paredes de aquellas viviendas, la que aún podía observarse dos décadas después, el torrente continuó arrastrando los diversos objetos que fue recogiendo a su paso, a los que para entonces, se sumaban ya, decenas de cadáveres. Todo concluyó en el Parque Hidalgo, donde la masa lodosa depositó todo cuanto arrastró.

Una hora mas tarde inició la penosa búsqueda de los cuerpos, que en la medida que se encontraban se fueron apilando en un camión de redilas, que así los condujo hasta el “anfiteatro del Hospital Civil, a fin de ser identificados. Esta labor hubo de interrumpirse con la llegada de la noche, pero se reanudó en la madrugada del día siguiente, y aunque muchos cadáveres fueron reconocidos y llevados por sus familiares para darles sepultura, mas fueron los que permanecieron en las planchas del “anfiteatro” sin identificarse, serían enterrados dos días después en media centena de fosas que mandó cavar el ayuntamiento de Pachuca.

Dos cosas se lograron después de aquella tragedia, la primera, conocer el gran espíritu de solidaridad de la ciudadanía pachuqueña, que codo con codo logró regresar a la normalidad en unos cuantos días y, la segunda, generar criterios de prevención para evitar catástrofes, como esa, que quedó inscrita en los anales de la historia urbana como la más terrible catástrofe en Pachuca.

Juan Manuel Menes Llaguno

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